domingo, 31 de agosto de 2008
martes, 26 de agosto de 2008
Fin de otoño
Aquí el porqué de Fin de Otoño. Su significado no es sólo literal, como nada lo es en la vida. Como se podrá apreciar el título no fue elegido en el mejor momento, ya superado (o escondido, quizás), pero de todas formas quedó. El invierno, al menos para mí, representa todo lo triste y frío que hay en la vida; pero también el instante de reflexión y calma, cuando nada es tan adrenalítico como para no dejarte pensar, sino todo lo contrario. Pero, claro, esas reflexiones son siempre (o las más de las veces) un tanto densas, pesadas, problemáticas, entristecidas.
El tiempo deja caer pequeñas pulgadas... Por Tristan Tzara

el tiempo deja caer pequeñas pulgadas detrás de él
siega las finas moléculas en las praderas de agua
domina las bolsas de aire atraviesa su jungla
corta el gusano de la ola y de cada mitad nace llena de luz una mariposa
en el volcán se hilvana a lo largo de una nota de violín
riza el corte errante del vidrio en las finas horas de transparencia
allí donde nuestros sueños revuelven el cantarino manjar de luz
[Extraído de El hombre aproximativo]
Bienvenida
La búsqueda de una muerte digna es una falacia,
Karol Wojtyla.
Viven en una suerte de mundo alternativo
igualito a Disneyworld,
subvierte los códigos en uso.
Vivimos la muerte
más o menos igual que en el oscurantismo:
te puede tocar pasarte toda una eternidad
en la Bagdad de estos días o en El Paso, Texas.
Me recuerda mucho a aquellas huestes fantasmales
de aquel cuento de Ray Bradbury, The Crowd:
los fetiches artesanales plantean
un cuadro de situación y un claro posicionamiento.
Yo nunca entendí la idea del dolor físico
como sinónimo de fortaleza espiritual
y, ahora, me perturba.
La vida ha evolucionado
mucho más que la muerte…
La cosa tiene tal aire de parque temático:
está como está por culpa de una dieta para adelgazar.
Yo llegué a estar seguro de que el Papa
moriría el Viernes Santo
o, a más tardar, el Domingo de Resurrección;
Bussi aparecerá como Hitler;
sufriente pajarito de relojcucú,
una suerte de Pasión aggiornada,
digna de Mel Gibson,
pero deja de ser…
Karol Wojtyla.
Viven en una suerte de mundo alternativo
igualito a Disneyworld,
subvierte los códigos en uso.
Vivimos la muerte
más o menos igual que en el oscurantismo:
te puede tocar pasarte toda una eternidad
en la Bagdad de estos días o en El Paso, Texas.
Me recuerda mucho a aquellas huestes fantasmales
de aquel cuento de Ray Bradbury, The Crowd:
los fetiches artesanales plantean
un cuadro de situación y un claro posicionamiento.
Yo nunca entendí la idea del dolor físico
como sinónimo de fortaleza espiritual
y, ahora, me perturba.
La vida ha evolucionado
mucho más que la muerte…
La cosa tiene tal aire de parque temático:
está como está por culpa de una dieta para adelgazar.
Yo llegué a estar seguro de que el Papa
moriría el Viernes Santo
o, a más tardar, el Domingo de Resurrección;
Bussi aparecerá como Hitler;
sufriente pajarito de relojcucú,
una suerte de Pasión aggiornada,
digna de Mel Gibson,
pero deja de ser…
[Poema propio]
8. Por Oliverio Girondo
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso!
¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.
[Extraído de Espantapájaros (al alcance de todos). 1932]
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